A veces es frustrante ser mamá… y es normal

A veces es frustrante ser mamá… y es normal Foto: iStock

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A veces es frustrante ser mamá… y es normal

Lo digo con conocimiento de causa. Justo hoy, hoy no pude más y colapsé. Tuve un momento de debilidad y deseé en ese momento que mis hijos tuvieran 16 y 20 años a ver si así ya me hacían caso. Deseé desde el fondo del alma que en un abrir y cerrar de ojos fueran todos unos semiadultos para que se comportaran a la altura, para que a la primera obedecieran y para no tener que lidiar con berrinches y demás. Deseé con fervor que ya no fueran niños, que ya no hicieran travesuras y ya no estar arreándolos, deseé que Goretti fuera una persona adulta y llevara a cabo sus tareas sin yo decirle, deseé que Dany fuera un jovencito que, en vez de hacer travesuras, me ayudara en quehaceres de la casa...

Deseé todo eso al tiempo que me arrepentí. Les cuento. Hoy por la mañana me levanté más temprano de lo usual porque tenía que llevar a mis hijos antes a la escuela. Desde que levanté a Gore todo fue a peor: la llevé a mi recámara, le ayudé a quitarse la pijama, le dejé el uniforme en la cama y me metí a bañar rapidísimo, me tardé mis 13 minutos reglamentarios y cuando salí la niña seguía en la cama sólo con la blusa a medio poner. En 13 minutos sólo pudo ponerse la blusa (no abrochársela porque los botones están por detrás) y de ahí en fuera nada más. “¿Todavía no te acabas de vestir?”, le dije exaltada. “Es que no me abrochaste la blusa”, me dice con tonito triste. “¿Y qué no te puedes poner mientras las calcetas, los zapatos, desenredarte el cabello, buscar las bolitas y el moño, o lavarte los dientes?”, le dije ya alterada.

Se me quedó viendo por un instante y procedió a ponerse las calcetas. Le abroché la blusa y me cambié rapidísimo. Fui por Dany y no se quería levantar. Casi casi lo obligué a despertar y se negó a que lo cambiara. Le puse el uniforme casi a la fuerza y luchando porque el señorito me dejara ponerle los zapatos. Lo peiné de volada y lo mandé a lavarse los dientes. A estas alturas, Gore ya había ido a tender su cama, guardar las pijamas y a buscar las bolitas para peinarla. Le desenredé el cabello y la peiné en menos de dos minutos. Una vez que estuvieron listos los despaché a su recámara para yo terminar de arreglarme. Me sequé el cabello, me peiné y terminé de acomodar mi bolsa.

Dejé al final ponerme la blusa (una roja de tela delgadita SÚPER DELICADA que, incluso si le cae agua, parece que es grasa) para que no se me manchara. Justo estaba por agarrar mis cosas cuando entra Dany y me enseña que ya se había terminado su botecito de leche. En eso apunta el popote hacía mí y hace la finta de querer tirarme la leche. No sucede. Le digo “Noooooo, no me vayas a ensuciar”, y en eso vi en sus ojos el desafío, el romper las reglas, la desobediencia personificada y lo hace: apunta de nuevo, apachurra el bote y me tira la leche en la blusa. Estallé en cólera. Comencé a gritar que por qué no me hacía caso, que siempre era lo mismo, que no me obedecían, que por qué eran así… todo a punto del llanto.

Hijos rebeldes

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Reflexión en la carretera

Ya no había tiempo de cambiarme. Agarré un suéter y así me fui con las gotitas de la leche secándose en el borde de la blusa. Estaba muy, muy enojada. No dejaba de vociferar y de decir que ya quería que me obedecieran. Nos subimos al coche y salimos rápido. Ya en el carro y a medio camino no pude más: comencé a llorar del coraje, de la frustración, del sentimiento de culpa por gritar, por hallar culpables a los niños. Vi por el retrovisor la carita de Dany de tristeza, de ganas de llorar, hasta de miedo. La de Gore como avergonzada, triste. Y más lloré porque yo como mamá debo controlarme, ser la que ponga el ejemplo, la que debe dar muestra de cómo manejar la ira y la frustración, pero hoy me rebasaron.

Siempre he dicho que mis hijos no son un modelo de perfección. No. Y jamás lo serán. Son niños y muy inteligentes. Pero precisamente por eso es que no entiendo porqué no obedecen, porqué son rebeldes, porqué me llevan la contra... hoy me frustré muchísimo y me pregunté una vez más porqué las mamás somos las que tenemos que lidiar con esto, es decir, desde que el chiquillo es berrinchudo y voluntarioso, hasta recibir groserías o que sean desafiantes. Mis hijos son un amor en muchos aspectos, pero si yo digo “blanco”, ellos “negro”: han de ganar, así de sencillo.

Pasé a dejar a Gore a la escuela y cuando iba a dejar a Dany me dice: “No ti inojes mami, yo te amo”. Con eso me derritió y aumentó mi sentimiento de culpa por haber gritado, por haber explotado de esa manera. Lo dejé en la escuela y llegué con mi señora madre. Ahí volví a llorar por todo. Mi mamá me dio la razón: “es que tus hijos son tan desobedientes… pero míralos, están sanos. Hay veces que yo también quiero llorar de las travesuras que hacen, pero son niños”. Ahí me cayó el veinte: son niños y un día dejarán de serlo. Un día ya mi hijo no querrá que le dé besito de esquimal, no querrá dormir conmigo, no querrá siquiera que diga que soy su madre y un día se irá de la casa a vivir su propia vida. Gore un día no querrá que sepa dónde está, me dirá la consabida frase “¡déjame en paz, es mi vida!”, estará todo el día con sus amigas y no necesitará que le procure comida o que la entretenga con una serie de Netflix. Simplemente eso ya no pasará.

No. Un día ellos ya no serán niños. Un día las travesuras darán paso a otras preocupaciones, a otras situaciones. Quizá me enfadaré porque reprobaron una materia de la Universidad, quizá los regañaré porque llegaron a las tantas de la madrugada o porque no avisaron dónde andaban. Un día quizá yo ya no esté para orientarlos o para decirles que los amo mucho y darles un abrazo. ¿Quiero que me recuerden gritona, frustrada y enojada todo el tiempo? Cuando iba camino al trabajo me puse a pensar si valía la pena acordarme de la mañana en la que tontamente me enojé porque mi hijo me derramó unas gotitas de leche en la blusa y que deseé con fervor que tuvieran 16 y 20 años. La respuesta fue no. No lo vale. No quiero que crezcan. Quiero que sean mis bebés de 7 y 4 años. Sólo quiero eso…

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