“Sí, lo confieso: soy una mamá egoísta”

“Sí, lo confieso: soy una mamá egoísta”

Muy ad hoc con la víspera del Día de las Madres quiero reconocer que sí: a veces es muy cansado ser mamá y nos volvemos egoístas. Punto. Pero no hay opción de renuncia como en un trabajo que si te hartas te vas y ya. No, acá no es así. La maternidad es intransferible e irrenunciable. Tiene su lado muy bueno, su lado no tanto y su lado de ¡¡¡ya me hartarooooon!!!, pero no tanto como para regalar a los críos por ahí, no, tampoco. Analizando la maternidad, sí nos llevamos una friega todas las mamis (entiéndase si trabajan, si no, si estudian, si se quedan en casa o hacen de todo un poco). Todas, todas, TODAS hemos sentido ese momento de pequeña frustración y nos queremos desahogar.

Recientemente he seguido una página en Facebook donde las mamás podemos hacer justo eso: desahogarnos de las situaciones que vivimos con las pequeñas bendiciones del hogar. Me he encontrado con todo tipo de quejas, testimonios y anécdotas, pero las que más se repiten son:

- Los niños no hacen caso (mi Gore y Dany se llevarían el primer lugar)

- Las mamás del grupo de WhatsApp que preguntan lo mismo una y otra vez (con planes para irse de cotorreo en fin de semana, incluidos)

- La bendita preadolescencia

- La crianza respetuosa (o sea, byeeee a la chancla voladora de antaño que nos corrigió a varios)

- El chamaco con Síndrome del Emperador (contestón, pa’ pronto)

- Los papis machos alfa proveedores del hogar, pero ausentes para cuidar del crío

- Las que ya quieren que los chamacos tengan 20 años y sean independientes

- Las que ya tienen chiquillos de esa edad y preferirían que tuvieran 5 años de nuevo

- Y el selecto grupo de las que somos egoístas, sí aquí me incluyo. Les cuento

Cierta mañana de sábado les preparé el desayuno a mis hijos tal como lo pidieron: Dany huevito revuelto y un pedazo de papaya picada + su leche, Gore un sándwich calientito, una guayaba y lechita con chocolate. Les dije que si querían algo más. “No”, fue la respuesta categórica. Así que procedí a hacerme mi propio desayuno: huevo revuelto con pechuga de pavo, fruta y cafecito de olla. Me atrincheré la última dona del osito que me dejaron de un paquete de 6. Era una triste dona. Si bien es cierto que no puedo comer pan, ni nada que tenga grasa, dije que esa dona, esa inocente dona me la iba a comer por el mero antojo.

Desayunamos bien campantes y ya casi por terminar, mandé a los niños a la sala a que se acabaran allá su respectivo vaso de leche (cosa que está prohibida por el regadero que hacen), pero había un motivo por el que los despaché para allá. Terminé mi almuerzo y me serví mi café (tibio y sin azúcar). Agarré mi dona, la vi de todos lados con ansiedad cuando vi una pequeña cabecita asomada al borde de la mesa, unos ojotes con pestañotas y una manita regordeta: “¿Qui is eso, mami?”, me preguntó Dany. Yo con la dona a medio camino y él mirándome. Me valió. La mordí. Dany me miró incrédulo. Yo masticaba dona y culpa. Por instantes pensé en devorarla, pero me detuve.

Galleta con leche

 

Me ganó el corazón de pollo

Dany me seguía viendo y yo cedí. Le entregué los ¾ de dona que me quedaban y él bien feliz se la llevó. Gore volteó y buscó otra dona. No había. Llegó con el hermano y le voló un pedazo, así que la única dona que quedaba fue repartida salomónicamente entre los tres… tomando en cuenta que ellos ya se habían comido 5 una noche antes para cenar. Lo confieso: me dio coraje. ¡¡¡Era MI dona!!! ¿Qué les pasa? Yo no puedo comprar algo para mí porque lo tengo que compartir. Sé que suena terrible y que no predico con el ejemplo, ya que suelo decirles a mis hijos que sean compartidos, que se procuren y ahí va Doña Egoísta Pérez a querer esconder un pequeño tesoro para comérselo ella sola, dejándose arrastrar por los senderos de la gula (a costa de mi propia salud, cabe mencionar).

Sólo por eso, sí sólo por eso, estoy hasta el copete. Ayer, por ejemplo, llegué con unas galletitas que se me antojaron (de esas que venden sueltas tipo polvorón, mi placer culposo). Compré como 15 (esta vez sí para compartir), me comí dos y llegando luego luego Gore me las quitó. Ni siquiera le ofreció a su abuela y éntrale, que se las echa. Dejó como 5 y las fui a esconder a donde mi mamá guarda el pan, esperando que sobrevivieran para el cafecito mañanero. Afortunadamente ahí seguían. Me comí otras dos y ya, satisfecho mi antojo. De los temas que les mencioné yo también estoy harta, pero creo que de esto más: del sacrificio que supone que te compres un gustito y lo tengas que repartir entre todos sólo porque son tus hijos.

Suena horrible y seguramente piensan que soy de lo peor, pero es verdad: antes, cuando podía comer a placer papas, palomitas y demás antojillos grasosos, tenía que comprar triple si a los niños se les antojaba. Teníamos nuestro viernes de chuchería, Netflix y pijamas. Comíamos papas mientras veíamos una peli y nos destrampábamos hasta las tantas de la madrugada. Hoy que mis botanas se limitan a palomitas explotadas con aire (sin alma ni corazón, como les digo yo) ni siquiera hacen el intento de agarrar, una vez Gore escupió una y me dijo que sabían feo. No la culpo. Ni siquiera les puedo poner salsita. También como pan sin azúcar ni mantequilla, 100% integral… y tampoco agarran de ese. Ni hablar de mi apio, el jitomate con aceite de oliva o las gelatinas sin azúcar. Pues nada, creo que la solución era comer “botanitas saludables” para que por fin mis chamacos ya no me volvieran a quitar lo que tanto se me antoja. ¿Qué les digo?

Bueno y aprovechando: Feliz día del “si voy y lo encuentro, ¿qué te hago?” a todas las mamitas que nos hemos convertido en las honorables herederas de nuestras propias madres. ¡¡¡Hartas felicidades!!!

Mamá e hija

 

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