De tal palo, tal astilla…

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De tal palo, tal astilla…

Es la centésima ocasión en la que vuelvo a gritar:

-“Goretti: ¡¡¡LA TAREAAAAAAAA!!!”

-“Aaaayyyy que ya voooooy, mamáaaaa”, me responde con el clásico tonito de “no estés moliendo” que tanto me eneeeeerva.

-“No me contestes así, Gore, ¿qué te pasa?”, le digo ya en tono furibundo pero ni así me hace caso.

A esto le siguen mis gritos histéricos para que por fin haga la bendita tarea. También a eso se le suma que Gore se entretiene con cualquier cosa o con las caricaturas de la tele (con las que Ximena se calma un poco). El chiste es que esto es de todos los días. No hay poder humano que haga que mi hija (por propia voluntad) haga la tarea. Siempre he dicho que es muy inteligente y súper despierta, pero lo que se dice aplicada y responsable con la tarea, nomás no.

Hacer la tarea

Quizá tenga algo mío. Contaré la anécdota de mi propia experiencia. Cuando yo cursaba tercer grado de primaria, entré en mi famosa etapa hippie: no me bañaba (¡y yo tenía el cabello laaaaargo hasta la cintura, imagínense!), no le hacía caso a mi señora madre y (¡OBVIAMENTE!) no hacía tarea, pero yo lo ocultaba hábilmente con un “ya la hice”, cada que mi progenitora me preguntaba si ya había acabado. Pero bien dicen que las mentiras tienen patas cortas porque mi mamá se dio cuenta de que le estaba mintiendo el ingrato día en que una señora le preguntó sobre la servilleta bordada que debíamos llevar terminada al día siguiente.

-“¿De qué figurita la hizo su niña?”, preguntó la inocente mujer.

-“¿Figurita? ¿Cuál servilleta? ¿Cuál bordado?”, indagó mi madre en un dos por tres.

Cuando tuvo toda la información, no me dijo nada, ni siquiera un grito, nada. Simplemente compró la méndiga servilleta, la bordó mal (como lo haría una niña de 8 años) y yo al día siguiente entregué mi primorosa servilleta para las tortillas como niña cumplida. En ese momento pensé: “¡Qué bieeeeen! Si no hago la tarea, mi mamá la hará por mí”. Error. Al salir de la escuela, la vi con gesto adusto, serio y no pronunció palabra hasta llegar a la casa. Ahí me preguntó por la servilleta. “Me saqué un 8”, dije orgullosa. “No, YO me saqué un 8, tú tienes un cero por incumplida. Primera y última vez que me haces una cosa como esa Fabiola Hernández Pérez” (¡¡¡Aaahhh porque TOOOODAS las mamás enojadas llamamos a los críos por nombre y apellidos al calor del enojo!!!)

Medidas correctivas

Al instante siguió la chancliza de mi vida. Ojo: tampoco era que me haya dejado con un hueso roto o moretones, nada de eso. Mi señora madre era de una nalgada, un manazo y ya, nunca fue de cinturonazos ni nada del otro mundo. Pero ese día se me quedó tan grabado porque fueron los 5-6 chanclazos mejor puestos que me haya dado jamás. Le bastaron los dos primeros para dejar claro que nunca, nuuuunca le volviera a mentir; los dos siguientes fueron para reforzar su autoridad (la cual no debía poner en entredicho jamás) y los dos últimos fueron para poner orden al caos de mi incipiente vida: de ahí en adelante me bañaba diario, hacía la tarea al instante de llegar de la escuela y la obedecía sin chistar.

Hoy muchos dirán que es abuso infantil, maltrato o cosas por el estilo. Eran otros tiempos. Sin embargo, creo que a todos los que nos criaron con la chancla voladora, hoy en día ni estamos traumados, ni somos buscapleitos y tenemos el sentido de la responsabilidad bien desarrollado. Evidentemente la educación y las reacciones cambian, pero las situaciones son las mismas. Goretti va que vuela a ser una pequeña versión de mi yo irresponsable mucho antes de terminar el segundo grado. Y eso es algo que no voy a permitir.

Me quejé con mi mamá y mi hermana de esto. ¿La solución propuesta? “Ya no le digas nada”, me dice Alma, “ella ya se acostumbró a que la estés arreando o que le estés gritando que haga la tarea. Déjala y que no la lleve, a ver qué le dice el maestro”, concluye. Mi madre la apoya. Yo sí pensé en la misma solución que ella me recetó a los 8 años (soy mala mamá, lo sé) pero mi hija es taaaaaan dramática que en serio que a los dos chanclazos ya estaría desmayada del sofoco provocado por la “golpiza”.

No hubo necesidad de tal. Todavía había una alternativa. Les cuento. Hace una semana se la apliqué. La dejé que hiciera su voluntad y la otra feliz. Eran las 9 de la noche del sábado cuando se acordó de su tarea. Le dije muy seria: “No, ya no la hagas, ¿para qué si ya te voy a sacar de la escuela?” A Gore entre que se le iluminó la cara y se sacó de onda. “¿En serio, mamá?”, me dice ya con su plan de vida trazado: ver eternamente la tele, fodonguear y no bañarse nunca. “Sí, en serio: te voy a mandar a lavar los trastes a la fonda del mercado”. Ella palideció y corrió a hacer su tarea sin que le estuviera insistiendo de nuevo. Pues nada, los tiempos cambian, pero la otra amenaza que también nos decía mi madre, sigue siendo igual de efectiva. “Primera y última vez que me haces algo así, Paula Goretti”…

Medidas correctivas para hacer la tarea

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