¡Bendito regreso a clases!

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¡Bendito regreso a clases!

Seguramente notaron que estas dos últimas semanas no les conté mis peripecias con mis chiquillos, si no, les cuento de todos modos el porqué: las vacaciones decembrinas. Por primera vez en los casi 12 años que llevo de godinear tuve la oportunidad de tomar vacaciones en las dos últimas semanas del año. Por lo regular en las empresas en las que he trabajado tenía que ir mediodía del 24 y el 31 de diciembre, así que sólo me quedaba en casa el 25 y el 1 de enero. Cuando hace dos años entré a mi actual empresa, nos dieron de descanso la última semana del año, así que mis hijos tuvieron que quedarse en la guardería la semana previa.

Al año siguiente yo ya no contaba con días de vacaciones y tampoco pude quedarme con ellos, por lo que en esta ocasión “guardé” esos días, hablé con mi jefe y súper lindo me autorizó tres días para completar la primera semana de enero en casa. Obtuve al instante 17 días de vacaciones. 17 días en los que planeé diversión, alegría sin igual y momentos de felicidad absoluta con mis pequeños. ¡¡¡ERROR!!!

Todo comenzó el primer viernes de descanso. Tuve que llevar a los niños al dentista y de ahí ir al hospital a sacar unas citas para una cirugía que requiero (ese es otra historia que después les platicaré). Luego de una cita un poco latosa con la odontopediatra nos la pasamos casi DOS HORAS en el infernal calor del carro. Llegamos al hospital y después de UNA HORA me dieron la fecha de cita que necesitaba. Para ese momento Dany estaba de lo más latoso, ya le había pegado a su hermana y Goretti empezaba a llorar porque ya quería ir a la sorpresa que les había prometido. Total que terminamos en una plaza, muertos de hambre y en una fila larga, laaaarga como la Cuaresma donde no se le veía fin para tratar de comprar una hamburguesa.

Me los llevé a comer a otro restaurante y ahí comenzó el caos: Dany se bajaba de la mesa, no quería comer su crepa, le hacía travesuras a su hermana y a cada rato pedía que lo llevara a los juegos. Gore comió lo suyo, le robó media crepa a Dany y me insistía en que viera su dibujo cada vez que Daniel escapaba hacia la puerta. Después de la comida, fuimos en pos de un baño: todos llenos, no había cambiador, el agua escaseaba y Gore a punto de perder la batalla. Por fin salimos hacia los juegos y en el camino se atravesó un carrusel de a 40 pesos por chamaco por 5 minutos dando vueltas.

Amén del gasto (que todo es doble + el estacionamiento), sólo pudimos quedarnos en los juegos dos horas. Para mí fue razonable, pero para mis hijos no, ya que las chicas encargadas tuvieron que arrastrar LITERALMENTE a Dany hacia afuera cuando ya estaban recogiendo todo. Me los llevé a las 9 de la noche, Goretti llorando porque no quise comprarle un vestido de fiesta y Daniel con su carota porque él quería seguir trepado en los juegos. Salieron de ahí más inconformes de lo que llegaron. En el camino Gore se durmió y Dany venía como perico, entre cantando y platicando conmigo. Después de 25 minutos se durmió y yo me aventé otros 40 en el tránsito.

Llegamos pasadas las 10 PM, pensé que estarían súper cansados, pero aun así los metí a bañar por aquello de que jugaron con arena. Seguimos el mismo ritual del diario cuando van a la escuela, pero con un desfase de más de 3 horas: se bañaron, se pusieron la pijama y cuando creí que se irían derechito a dormir, torcieron el camino hacia la sala y a esa hora buscaron la película de Cars. A las 11:05 PM comenzaron a verla “son vacaciones, má”, me dijo Gore muy segura. “¿Nos hacies unas palomitas, má?” me propuso Dany. Cedo. Tienen razón, son vacaciones y es el primer día.

Y todavía faltaban 16 más…

Comenzó la peli y no habían pasado ni 20 minutos cuando me dormí. Estaba muy cansada y no supe de mí en el sillón, hasta que escuché que Dany lloró. Me levanté como resorte y vi que se estaban peleando porque Gore había puesto un capítulo de una serie de princesas que a él no le gusta, él quería ver Cars 2. ¡Momento! Era pasada la 1 de la mañana y aquellos como la fresca lechuga. Me los llevé a su recámara y Daniel se negaba a dormirse, lloró a moco tendido y sólo hasta que apagué todas las luces se durmió. Eran casi las 2 de la mañana. Revisé mis redes sociales y me fui durmiendo casi a las 3. Sonreí porque, haciendo la cuenta, mis chiquillos se levantarían tarde (¡mucho!) y yo también. No fue así. Justo a las 7:17, sí, ¡7:17! ya tenía a Daniel despierto y jugando en su cuarto.

Fue al mío y me pidió prenderle la tele. A los tres minutos sale Gore y corre a la sala, quería ver el capítulo inconcluso de la madrugada. Comenzaron los gritos, el llanto de ambos, la gritadera y la husmeada al refri porque ya “morimos de hambre”. Yo me niego a levantarme, los trato de convencer de dormir más y no resulta. Son firmes en querer ir a desayunar a la calle e ir luego a los juegos. “Son vacaciones má”, me vuelve a decir Gore, “apenas es sábado”. Ahí me cayó el veinte: cuando tienes hijos (y más unos taaaaaan latosos y demandantes como los míos) las vacaciones son para todo MENOS para descansar.

Terminé por levantarme, darles un vaso de leche y salir con mi señora madre a desayunar a un restaurante. Era el día dos, DOOOOOOS y yo no sabía cómo iba a sobrevivir. Así fue el inicio de las vacaciones. Si yo les contara de:

- La cena de Navidad y Año Nuevo

- La vez que me los llevé a comer pizza y no los podía bajar de los dichosos juegos

- Cuando fuimos a otra plaza y por estar comprando la comida se llevaron la carriola de mi hijo los de seguridad desapartando la mesa que me costó 25 minutos conseguir (aparte de casi pelearme con una tipa por “no ocupar la mesa para comer”)

- De la vez que nos quedamos encerrados en casa sólo con los víveres necesarios, sin bañarnos, sin saber si era de día o de noche, con la casa totalmente regada, con las camas sin tender, los juguetes por doquier, los gritos de ellos por jugar y el aviso del fulanete del banco pidiéndome que fuera “en ese momento al banco porque hubo un error en su depósito hipotecario”

- De la ocasión que tuve que ir a mi cita mensual del IMSS y se la pasaron toooooda la consulta hablando de ellos y de sus juegos con el doctor, para después pelearse por mi celular y empezar a llorar como desesperados

- Del miércoles que decidí limpiar a fondo mis clósets y tardé 11 horas arreglando la pura habitación de mis hijos con todo y repasón de pintura

- O de la vez en que se los dejé por una hora a mi mamá y a mi abuelita para ir al mercado, sólo para regresar y ver que mi hijo ya se había mojado hasta los zapatos, Gore llorando porque aquel le había tirado sus juguetes y mi sobrina dando guerra. La cara de desesperación de mi señora madre me lo dijo todo

Si les dijera todo a detalle de lo sucedido en esos 17 días, no me alcanzaría este espacio. Por eso, cuando el lunes 7 regresé a la oficina y mi jefe me preguntó: “¿Qué tal te fue con tus niños?”, respuesta más sincera no pude dar: “¡ya no los aguantaba!” Amo con locura a mis hijos, pero ¡cómo me gusta irme a trabajar!

 

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